Muerte al anarquismo y que viva la anarquía

“El anarquismo ha muerto, ¡larga vida a la anarquía! Ya no necesitaremos más el bagaje del masoquismo revolucionario o de la autoinmolación idealista; o de la frigidez del individualismo con su desdén por la convivencia, por el vivir juntos; o las vulgares supersticiones del ateísmo, del cientifismo y el progresismo del siglo XIX. ¡Tantos pesos muertos! Las mohosas maletas proletarias, los pesados baúles burgueses, los aburridos portamantas filosóficos ¡por la borda con ellos!”

Hakim Bey

“La historia, el materialismo, el monismo, el positivismo, y todos los “ismos” de este mundo son herramientas viejas y oxidadas que ya ni necesito ni me importan más. Mi principio es la vida, mi fin es la muerte. Deseo vivir mi vida intensamente para abrazar mi vida trágicamente”

Renzo Novatore

La forma de vida sin mandar u obedecer no se adoctrina ni se idealiza. Nadie enseña al ave como volar. Nadie me va a decir como tengo que vivir. El anarquismo se ha cansado de aferrarse a distintas cosas para legitimar y validar su existencia, como la organización o la autogestión, y demasiadas veces a través de libros o periódicos. Se ha aferrado tan fuertemente a algunas desvirtuando sus prácticas y acciones. La noción de que mientras haya un esclavo en la Tierra nunca seré libre es propia de la vida (aunque sea una condena), propia de quien puede reflejarse en la esclavitud y verse en esa situación por más que no sea ésta su condición. Esta cierta empatía posee un tinte muy bello de amor; un amor que nace de cada quien y se proyecta siempre en retorno de satisfacción hacia una misma. La vida como el deseo de querer vivirla sin ser sometido se funden en una misma pasión caótica en constante relación con las demás, viviéndose en cada ser de manera peculiar.
¿Has vivido en Libertad? ¿Crees vivir en Libertad? Del sometimiento nunca alguien se ha escapado aún. ¿Y dónde está el anarquismo? seguramente buscando ponerse de acuerdo, teorizando y teorizando. Analizando los pro y los contra, seguramente en base a la moral (su moral), lo social, lo racional, lo lógico, etc., etc. Siempre queriendo ordenar y organizar la vida de las demás en pos de un humanismo casi iluminista, presentándose como sublime y verdadero ideal. Sí, un humanismo en contra de toda esclavitud pero olvidando en sus grietas que no solo los seres humanos pueden padecer la dominación. En fin, haciendo de la rosa un rosal o queriendo hacer ese mismo rosal con rosas ajenas. Somos buenos por naturaleza, somos seres sociables que buscamos el placer alejándonos del dolor siendo totalmente aptos para adaptarnos al medio y así prevalecer en comunidad, distinguiendo y relacionando ideas y conceptos para desarrollar una vida plena y en armonía; en base a esto el anarquismo, a través de sus perpetuadores, comienza a proponer: autogestión de la producción contra la producción estatista o privada dirán los trabajadores; una educación libertaria para los hijos de la revolución exclamarán los intelectuales, de cada cual según sus capacidades, a cada cual según sus necesidades insistirá la conformidad del pueblo; la propiedad es un robo dirá el “buen hombre”; las decisiones serán acordadas en asambleas y deberás tu vida a libertad. Y si todo cae (como ha caído) volveremos a empezar de cero olvidando, por su puesto, que nuestras ideas occidentales, humanistas y antropocéntricas ya nos colocan como superiores y ajenos a la llamada “naturaleza”; que al proclamarnos como los buenos ya estamos elaborando un juicio de una verdad en ciertas conductas que se impondrán por sobre otras y por sobre otros; que manteniendo la producción mantendremos el trabajo y así perpetuamos una esclavitud de forma decorosa; que educando de la manera que sea siempre será el querer moldear a tal según ciertas formas limitando su tensión a la libertad; que el problema no es con los ladrones sino con apropiarse de la propiedad ajena a la del “yo”; que no le rezamos a ningún dios pero si obedecemos a nuestro ideal; que mientas exista una sociedad ésta siempre funcionará por encima del individuo, aplacándolo, sometiéndolo, moldeándolo. Si hay algo anterior al anarquismo es la tensión voluntaria de rechazar en principio lo que a una no le gusta. Tal vez, ésta sea la anarquía: intentos de decidir que nacen de la negación de ser dominados o dominador.
La anarquía no se organiza ni se pone de acuerdo, esto lo hacen las motivaciones e inquietudes que tiene cada una para elaborar alguna acción que proyecte una cierta satisfacción de querer vivir sin ser gobernado creyendo a veces y de manera engañosa que si preparamos y pensamos detenidamente los detalles, éstos se realizarán como nosotras quisiéramos. No es la anarquía la que nos llama a organizarnos, la organización es una máxima del anarquismo. Nuestro rechazo al dominio y deseos de libertad es lo que nos llama a elaborar estrategias para un determinado fin que nos aproxime a una vida anárquica. Es propia decisión y tiene más que ver con una auto-organización que con una organización en sí.
El anarquismo busca afirmaciones. Se desenvuelve en torno a estas. Nos dice que es verdad pero no lo que es verdadero. Nos señala la mentira como si esta fuese contraria a la verdad. A veces la verdad es la mentira más eficiente. El anarquismo, para vivir, necesita del dualismo porque quiere convencer más que florecer.
El anarquismo nos limita. El anarquismo conoció a la anarquía y fue seducido por ésta, la entendió pero no la sintió como un frio helado carcomiéndote los huesos o como el intenso calor del fuego cerca de la piel. La anarquía no era lógica y el anarquismo ya estaba absorbido por la razón, por el progreso y la civilización, entonces quiso encuadrar, regular, moderar a la anarquía. Quiso decirle a donde ir y como, le dijo como se iba a mostrar frente al enemigo. Le dijo que se mostrara al enemigo y no que se ocultara en el acecho de un ataque fatal. El anarquismo quiso hacer de la anarquía lo que los humanos a los animales, lo que la civilización a la naturaleza.

¿No será el anarquismo, también, enemigo de la libertad? La anarquía trasciende lo humano, no lo aparta de su naturaleza como algo a lo que aferrarse poniéndolo en un trono ni desarrolla teorías en torno a él. La anarquía se construye a medida que destruye. En lo desconocido está aquello que no se legitima, ni se especula. Allá está lo que no se sabe, lo que intimida siempre a la realidad.
La anarquía no huye, escapa caóticamente. No busca algo a lo que aferrarse. Se aleja salvajemente siempre hacia lo desconocido. La anarquía no tiene fin. No es un camino con una meta a la cual llegar. Está ahí donde está la vida, se confunden y funden en un mismo aroma. Nosotras las anárquicas, constantemente intentamos recuperar nuestras vidas viviendo nuestras pasiones en anárquicos deseos.

Tomado de la revista Insidia N° 5

La urgencia del ataque

El hecho de que vivimos en un mundo de mierda donde el Estado y el Capital nos imponen, básicamente sin problemas, todo tipo de monstruosidades está más que claro. También es cierto que sólo una pequeña minoría de la población intenta oponerse, de forma más o menos consciente, a la supresión de todos los espacios de autonomía y libertad que hacen que valga la pena vivir la vida. Como parte de esta pequeña minoría, nosotrxs lxs anarquistas, conscientes de la necesidad de destruir lo que nos oprime: ¿Por qué no somos más determinados e incisivos? Uno de los frenos más grandes y serios a nuestra acción es, seguramente, el miedo a poner, realmente, nuestras vidas en juego. Muy a menudo, este es un aspecto central de la lucha revolucionaria que no se aborda lo suficiente, porque nos obliga a sacar cuentas con nosotras mismas y con nuestras debilidades. Exaltamos a las llamadas “pequeñas acciones”, fácilmente reproducibles, que seguramente no asustan a la “gente” y, aunque seamos conscientes de la urgencia y la necesidad del ataque destructivo al sistema autoritario-tecnológico, somos reacias a involucrarnos hasta el fondo, a considerarnos en guerra y actuar en consecuencia.

Seguramente, es más fácil encontrarse junto a cientos/miles de personas para defender un territorio amenazado por alguna ecomonstruosidad que esperar solos al responsable fuera de su casa. No hablo de valor, todos y cada uno de nosotros tiene miedo, pero pone en práctica estrategias para controlarlo y gestionarlo; incluso quienes participan en la llamada “lucha social” están en riesgo de encarcelamiento o de resultar heridos (hay cientos de ejemplos en ese sentido), no considero que sea esta lo distintivo, sino algo más complicado, o sea, la decisión de emprender prácticas de lucha que no contemplan ninguna posibilidad de mediación con el Poder, que expresan el completo rechazo a lo existente.

Participamos en asambleas en las que nos hacemos ilusiones de contribuir a tomar alguna decisión aunque, por lo general, nos ajustamos a lo que sugieren compañerxs dotadxs de más carisma; inevitablemente, el compromiso es siempre hacia abajo, después de todo, tenemos que crecer todas juntas (siempre) y no asustar a nadie. Nos hacemos ilusiones con contribuir a un proyecto colectivo, aunque muy a menudo no sea el nuestro; el hecho de que estemos “entre la gente” nos crea la ilusión de estar trabajando concretamente por la insurrección, la próxima aventura.

Podemos compartir nuestras responsabilidades con las demás y confiar en no quedarnos solas si las cosas se ponen feas. No nos damos cuenta de toda la libertad individual que perdemos, es más, nos sentimos seguras con los límites impuestos por la asamblea, podemos esconder nuestra indecisión detrás del riesgo de que nuestra impaciencia sea perjudicial para el proyecto común.

Pero sólo cuando decidimos poner totalmente en juego nuestra vida e, individualmente o con nuestros afines, golpeamos al Poder donde más le pueda doler, sólo entonces, tendremos el control real y podremos afirmar con alegría y serenidad que estamos haciendo nuestra revolución. Poner en práctica una perspectiva de ataque directo nos libera de los grilletes de las luchas defensivas, nos permite infinitas perspectivas de acción y libertad.

No estoy haciendo la simple exaltación estética del acto individual, soy consciente de que la insurrección es un hecho colectivo, que estallará cuando las oprimidas se levanten en armas, pero el tema es el método con el que contribuir a provocarla, nuestra vida es demasiado breve y el trabajo de demolición, demasiado grande y necesario como para que se pueda esperar hasta que todos estén preparados. Es más, estoy convencido de que sólo atizando el fuego y con el ejemplo de la acción, nos podremos acercar a tal momento.

Otro freno que veo a la posibilidad de ataque de las anarquistas es la forma en la que muchos compañeros se acercan a lo social, a las llamadas “luchas sociales”. A mi entender, a menudo se parte de una consideración equivocada, se subestima a la gente, esto nos lleva a ver lo social como algo que trabajar, a lo que hay que acercarse con cautela para no asustarlo y, poco a poco, llevarlo a posiciones más avanzadas hasta que, una vez preparado, nos encontremos juntas en las barricadas de la insurrección.

Yo estoy convencido de que los anarquistas forman parte de lo social y de que deben relacionarse como iguales con las “otras”, combatiendo todas estas actitudes “paternalistas” que, inevitablemente, desembocan en la política. Los anarquistas deben golpear y atacar con todas sus fuerzas, otras con tensiones similares tomarán ejemplo de nuestra acción, encontrarán nuevos cómplices y, cuando finalmente también los demás explotados decidan levantarse, estallará la insurrección.

Debemos ser nosotros quienes dictemos los plazos y los momentos de lucha, cuanto más incisivos y capaces de golpear en los puntos exactos seamos, mayores serán las posibilidades que tendremos de que se propaguen las prácticas de ataque directo. Esto no quiere decir que no hay que participar en las luchas que surgen de forma espontánea, sino que lo tenemos que hacer con nuestros métodos: el sabotaje y la acción directa.

Si en cierta localidad las personas salen a la calle para oponerse a una cierta nocividad, no es necesario que tratemos de conocerlas una por una, que preparemos comida con ellas y, pasito a pasito, tratar de conseguir que suban algunos centímetros la barricada que han construido. Esto no acercará la prospectiva insurreccional, es más, debilitará nuestras fuerzas, debemos golpear a la empresa que la construye, a quienes la diseñan, a quienes la financian.

Debemos dejar claro que cualquiera puede tomar las riendas de su vida y destruir aquello que lo destruye. Debemos enfrentarnos a la policía, no sólo cuando intenta desalojar la concentración de turno, sino provocarla y atacarla, hacer ver que es posible, que se puede/se debe golpear primero a los que nos oprimen. Alguna podría argumentar que mi manera de ver las cosas y entender el accionar puede incubar los gérmenes del autoritarismo o del vanguardismo.

Al contrario, creo que contiene, en sí mismo, el antídoto a estos dos males que afligen a la acción revolucionaria. No se disfrazan los propios deseos, se dice claramente lo que se es y lo que se quiere y, sobre todo, en una relación de igualdad con los demás, se demuestra que armando las propias pasiones, cualquiera puede oponerse concretamente a este estado de cosas. La política, en mi opinión, se oculta justo en el limitarse para seguir el ritmo a las demás, en dejar de lado ciertos discursos para no “asustar” a las personas que no se sienten preparadas para entenderlos.

Debe quedar claro que las anarquistas buscan cómplices con los que sublevarse y no una opinión pública moderadamente favorable a vagos discursos sobre la libertad y la autogestión. Otra de las críticas que a menudo se les hace a las que practican el ataque contra el Estado y el Capital, de forma más o menos inteligente, más o menos acertada, es la de meterse en una espiral de acción/represión con los aparatos del Poder sin dar pasos adelante en el camino de la insurrección.

Ciertamente, es difícil negar que cuanto más representemos un peligro para el Poder, más se emperrará este en reprimirnos, pero esto, por desgracia, es natural y tal concatenación de causa-efecto solamente se detendrá cuando la multiplicación y la propagación de los ataques provoque la ruptura insurreccional.

Pensar que la revolución será sólo el resultado de la toma de conciencia de lxs explotadxs, después de décadas de “entrenamiento” en el gimnasio de las luchas intermedias, guiados por una minoría de iluminados que los llevan de la mano, yendo a penas un paso por delante de ellas, y aplazando continuamente el momento del conflicto armado, es pura ilusión.

Esta práctica es dos veces perdedora porque, renunciando a la acción directa, renunciamos a vivir plenamente nuestra vida, a hacer aquí y ahora nuestra revolución. En segundo lugar, es perdedora porque deja entender que el Estado dará tiempo a los oprimidos a que se den cuenta de su condición, de conocerse, de organizarse y luego, tal vez, de sublevarse, antes de aplastarles.

Un pequeño ejemplo de ello sería la República libre de la Maddalena [de la lucha No Tav de Val Susa]: barrida antes de que alguien pudiera creerse que representaba un peligro real para la autoridad estatal. Además, el Estado dispone de un arma eficacísima, tal vez más poderoso que la fuerza militar: la recuperación. Un ejemplo, cuando el problema de la vivienda es apremiante, las luchas y okupaciones se multiplican y si los desalojos no resuelven el problema, el Poder puede jugar la carta de la legalización. ¿Qué harán los explotados con quienes hemos luchado codo con codo una vez que tengan un techo sobre la cabeza?

Quizá pidan más, continúen rebelándose, pero se contentarán más fácilmente y nosotras estaremos obligadas a tirarnos de cabeza a la próxima lucha esperando que esta vez nos vaya mejor… Solamente cuando nuestra acción no prevé la posibilidad de mediaciones, cuando nuestra lucha va directa a destruir lo que nos oprime, el Estado no nos podrá engañar con la recuperación: o tiene la fuerza para aplastarnos o deberá sucumbir.

Si tenemos la capacidad de tratar de difundir la práctica del ataque y de la acción directa, si sabemos echar gasolina al fuego de las tensiones sociales, avivándolas e intentando evitar la recomposición, tal vez, consigamos realmente incendiar el terreno. Antes de concluir, querría detenerme en otro aspecto que, a veces, parece ser un freno para nuestra acción: el análisis de los efectos y las transformaciones del dominio.

Con demasiada frecuencia, parece que esta no sirva para darnos mayor capacidad de incidir en la realidad, sino para alimentar miedos y sensación de impotencia frente a la magnitud del desafío y la monstruosidad de las nocividades que afrontar. Cuanto más analizamos los aspectos totalitarios y perjudiciales de la tecnología, más denunciamos los proyectos autoritarios del Estado y menos afilamos nuestras armas.

Aterrorizamos a quienes les gustaría actuar con investigaciones más o menos profundas sobre los últimos descubrimientos del control. No estoy sosteniendo que no sirvan los análisis y las profundizaciones, sino que no deben convertirse en fines en sí mismos, ejercicios de capacidad intelectual separados de la acción directa. ¿Para qué sirve publicar listas interminables de empresas responsables de la destrucción de la naturaleza si nadie las ataca? Ya por sí solos, la inmensidad y lo imponente a de los aparatos estatales y económicos, a menudo, nos hacen dudar de la posibilidad de golpearles con eficacia.

Desastres ambientales como la marea de petróleo en el Golfo de México o Fukushima parecen decir que no se puede hacer nada para detener la guerra de la sociedad industrial contra el ser humano y la naturaleza. A pesar de todo, no estamos en la indefensión, con mínimos instrumentos de análisis, la acción directa y la decisión de unas pocas pueden demostrar que no todas nos resignamos a aceptar pasivamente y, al mismo tiempo, indicar a las demás personas explotadas que todavía es posible oponerse. Por ejemplo, la acción de las compañeras del núcleo Olga, de la FAI/FRI, nos dice que es posible solidarizarse con la gente afectada por la catástrofe nuclear, también desde el otro lado del mundo, y golpear concretamente a la industria del átomo.

Espero que mis reflexiones sirvan para iniciar un debate entre compas, para aclarar y quitarse de encima todo lo que nos limita en la acción anarquista. Coraje y fuerza para las compañeras que practican la acción anónima, coraje y fuerza para quienes dan nombre a su propia rabia, coraje y fuerza para aquellas personas que, con sus acciones, dan vida a la FAI/FRI: Hay todo un mundo por demoler.

Nicola Gai

“¡Huelga general para toda la vida!”

La influencia de ideas socialistas libertarias y anarcoindividualistas en el movimiento obrero y estudiantil europeo pronto sería el detonante de otro tipo de vagabundo, más internacional que tirolés, más ateo que goliardo, más lumpen que burgués. En el período de entreguerras se produce un fenómeno de errancia masiva en dirección a los bosques y campos de Europa. Jóvenes alemanes, holandeses, suecos, noruegos, daneses, etc. salen cada primavera a andar con un atadito al hombro, durmiendo bajo las estrellas y trabajando en las cosechas de trigo, fruta o lúpulo para cerveza. Según Osvaldo Bayer, hacia fines de los años veinte —antes de que el crecimiento de las bandas de choque nazis barrieran con este fenómeno— se calculaba que sólo en Alemania deambulaban cincuenta mil vagabundos: toda una subcultura que había inventado una jerga propia con más de dos mil vocablos, y un lenguaje de signos y señales que dejaban talladas en las cortezas de los árboles, cerca de las carreteras, para avisar a otros, por ejemplo, si en la próxima aldea había policías, o perros bravos, o prostitutas. En su libro Landstreitcher, Knut Hamsun narró la vida de estos seres orgullosos, individualistas, enemigos de la autoridad. Bayer observa que, denominándose a sí mismos “monarcas”, se juntaban sobre todo en isla de Fehmarn, en el mar Báltico, donde después de trabajar en las cosechas se gastaban su dinero en las tabernas y prostíbulos, realizaban desfiles y festivales, y se enfrentaban con la policía, a quien ridiculizaban en versos y canciones. Había entre ellos personajes como Pitz, de quien se decía que había sido compañero de caminatas de Máximo Gorki.

Eric Muhsam, quien en contra de la idea marxista del marginal como “lumpenproletario”, siguió las ideas de Bakunin y fundó un grupo llamado Vagabundos. Gregor Gog, quien organizó el primer congreso internacional de vagabundos en Stuttgart en 1929, en donde se proclamó la “huelga general para toda la vida”. Y Jost Pompold, cuya consigna era “el día que todas las mujeres del mundo ejerzan la prostitución comenzará el verdadero clima revolucionario”.

Uno de esos personajes fue Kurt Gustav Wilckens, el vengador de los fusilamientos de la Patagonia, que mató de un bombazo al teniente coronel Héctor B. Varela en 1921. Wilckens, que era de una familia de la alta burguesía, no llegó a ser trashumante en su Alemania natal sino en Estados Unidos, a partir de 1910. Allí recorrió el país con un atado de ropa al hombro, trabajando en las cosechas, en fábricas de envases de conservas y pescados en escabeche, en minas de carbón, participando en asambleas y organizando luchas sindicales. Varias veces terminó despedido de sus trabajos y encarcelado; finalmente, fue expulsado. Pero en vez de quedarse en Alemania, volvió a cruzar el Atlántico, esta vez en dirección al sur: la Argentina sería el destino donde alcanzaría la estatura de héroe.

Aquí también Wilckens vivió como un linyera y trabajó casionalmente en las quintas de frutales, en los huertos y en los puertos de la Patagonia. Cuando estalla la rebelión patagónica de fines de 1920, Wilckens ya vive en Buenos Aires, donde la policía lo tiene fichado por sus vinculaciones con grupos anarquistas porteños. Aunque es un anarcopacifista, un antimilitarista influido por las ideas de Tolstoi, también respeta —y conoce personalmente— a grupos de “expropiadores” (partidarios de la acción armada). Al enterarse de la represión militar que termina con la vida de unos 1.500 peones rurales desarmados (según cifras de los anarquistas), su conmoción es tal que decide tomar la decisión que cambiaría para siempre su derrotero: atentar contra la vida del jefe militar responsable de los fusilamientos.

La historia es conocida y ha sido narrada de un modo magnífico por Osvaldo Bayer: Wilckens arroja una bomba de mano al paso de Varela en la calle Fitz Roy, es herido por varias esquirlas, no puede huir muy lejos, termina en la cárcel. Allí será ejecutado con un tiro en el pecho por un nacionalista de la Liga Patriótica Argentina llamado Pérez Millán. Y a partir de ese momento será inmortalizado por decenas de versos y alabanzas. Así, Miguel Ángel Roscigna, en un artículo que aparece en el periódico Anarchia, de Severino Di Giovanni, llega a elogiar la figura de los vagabundos que “al estilo de ese gran linyera que fue Kurt Wilckens, con su mono al hombro, insometibles, inadaptables a la esclavitud del salario…, recorren el mundo de punta a punta, atacando y desgarrando en mil formas el falso principio que somete a los pueblos: la autoridad”.

Osvaldo Baigorria

 

Fragmento del libro Anarquismo Trashumante

¡Es tiempo de desorganizarse!

Si hay algo en lo que ha fracasado la izquierda, particularmente los sindicatos ( desde la UAW, AFL-CIO, hasta la IWW), es que cualquier teoría “revolucionaria” que no cuestione los principales elementos de la civilización no va a hacer nada más que cambiar el orden social por una versión ligeramente “modificada”. Esto si es que funciona. 
No podemos por más tiempo recurrir a ningún tipo de reforma para poner fin a la máquina de muerte que es la civilización. Por mucho tiempo ha sido una idea arraigada en las mentes “revolucionarias” que el éxito requiere organización. El llamado de los viejos tiempos de los Wobblies, “¡Es tiempo de organizarse!”, está sonando hueco mientras la escena izquierdista es aplastada entre las páginas de los movimientos sociales muertos en la historia radical. 
¿Qué nos ha traído nuestro pasado de “organización”? Podemos decir que ha habido algunos éxitos, porque aquellos en la cima de las recién creadas jerarquías sociales así nos lo han dicho. La organización nos empuja hacia atrás dentro de las mismas jerarquías que intentamos desafiar y eliminar. ¿Qué traerá eso? Adiós viejo jefe, hola al nuevo, ¿alguna diferencia? Tal vez haya un ligero reverdecimiento (más bien enrojecimiento), pero este seguirá siendo el mismo orden social, en el cual no se cuestiona lo destructivo de las formas de la vida civilizada. Pero incluso en el corto plazo sólo ofrecen impulsar nuevos líderes que nos dirán cómo y cuándo actuar, o cómo y cuándo no actuar. Esto no nos lleva a ningún lugar. Los juegos reformistas de izquierda consisten en mucho hablar y poco actuar. Las reuniones de “consenso” mantienen a delegados, electos o impuestos, que diseñan a puerta cerrada las líneas trazadas para la reforma, y que han de soportar las masas. Nosotros no participamos en asuntos electorales, pues comprendemos la doble cara de quienes se refugian en esa retórica vacía. Esto no nos lleva, ni llevará, a ninguna parte.  
Si realmente deseamos terminar con el orden social civilizado, sólo podremos hacerlo propagando la insurgencia y la revuelta, de modo que no se mantenga ningún aspecto del orden social vigente, o empujar hacia un sistema en el que se refleje esto. La única esperanza es que los actos espontáneos de revuelta nazcan de las pasiones y la rabia de los individuos. Ni las órdenes de arriba o de abajo, ni los “planes de acción” pueden despertar la insurgencia, tampoco ahogarán la totalidad del pensamiento civilizado.  
La verdadera revolución no se producirá por juegos predeterminados de “dar y prestar”, marchas silenciosas con pancartas, o con nuevas jerarquías. Ésta vendrá desde los corazones de quienes quieren reventar la civilización (que somos muchos, incluidos los no-humanos). Aquellos con sueños de destrucción, quienes nunca han vivido la autonomía total desenfrenada desde las civilizadas celdas de concreto donde han nacido. Quienes desde el nacimiento fueron despojados de su derecho a florecer como individuos en comunidad con la Naturaleza, que le hubiese ofrecido más amor del que podemos concebir en nuestra condición actual. 
Las consecuencias de toda esta jerarquía se vuelven más claras día a día. El constante colapso del orden social bajo una despótica opresión ocasionará revueltas. La insurgencia está creciendo, y la civilización por caer. Dale el último empujón con tus propias palabras y tus acciones. Romper el hechizo del orden civilizado es la única manera de acabar con el Leviatán, y cada día esto se acerca más. 
 

Kevin Tucker

Crítica y análisis del anarquismo hoy

Nuestras convicciones nos llevan a afirmar que somos anarquistas sin remordimientos. Todxs lxs anarquistas por ser así, somos contrarixs a toda forma de poder, porque es donde comienza la explotación de las personas.

Entonces quienes rechazan esa relación deshumana están en contra del Estado porque representa la organización del poder en la sociedad; están en contra de la iglesias, porque son instituciones que ejercen el dominio material y espiritual utilizando los sentimientos religiosos y morales de las muchedumbres, justificando a lxs ricxs, defendiéndoles y compartiendo con ellxs privilegios y riquezas, complicidades y responsabilidades en la opresión sobre la gente. En pocas palabras lxs anarquistas estamos en contra de las instituciones, ya que en estas se concentran las causas ideológicas de la explotación de la personas, del robo mediante la propiedad, de las mentiras, de la degeneraciones, de la represiones y de la matanzas de miles de personas en todo el mundo. Nosotrxs estamos convencidxs (en contrapunto con cualquier otra ideología) que la sociedad, la comunidad humana puede organizarse de una manera tal que el individuo por si solo pueda tener la libertad de autodeterminarse gobernarse así mismo, desarrollando y enriqueciéndose de todas sus potencialidades, eligiendo su propio recorrido existencial, con la sensibilidad que lo caracteriza. Esta es la esencia pura de unas ideas que, desde un punto de vista revolucionario no se puede cuestionar.

En consecuencia a lo ya desarrollado, lxs anarquistas no se limitan a la contemplación mística de una hipotética sociedad del mañana. Es por eso que nos sentimos con razón de criticar a quienes, frente a unos actos concretos de sabotaje y ataque al sistema de la represión, han elegido acusarnos y criminalizarnos, a todxs lxs compañerxs coherentes con la práctica libertaria, que desde el valor que da la libertad, tenemos por dignidad el coraje de afirmar nuestras ideas, con la coherencia de los actos.

Estos son tristes acontecimientos de los tiempos actuales, tiempos de paz social, tiempos de compromisos para algunxs; y realidad de guerra social para otros.

En el heterogéneo universo anárquico existe por desgracia un grupo de individuxs bien asentadxs en el sistema, con el cual comparten tendencias autoritarias y privilegios, y que se denominan anarquistas.

Hay algunxs que tienen grandes “CEREBROS”, otrxs que tienen considerables cuentas bancarias y un status social; otrxs que son catedráticxs y que respaldan a las instituciones. En fin, todos ellos manifiestan su particular anarquismo con perfectos y espléndidos artículos en periódicos o en libros bien cuidados y carísimos. Tienen la peculiaridad, además de poner mucha atención en expresarse con claridad en contra del Estado y del Capital; del miedo a perder sus privilegios, la honradez de sus cuentas bancarias, la tranquilidad obtenida. Comparten mentalidades y comportamientos de las personas políticas del poder constituido. En la prensa del “régimen democrático” son pintadxs como lxs anarquistas buenxs, lxs con la “A” mayúscula, porque predican una sociedad ideal, que los demás tendrán que conseguir, y por la cual ellxs no están dispuestos a enfrentarse a lxs dominantes: enferman del terror que le tienen a sus amxs y gritan como locxs sus condenas a cada ataque realizado en contra de la opresión. Defienden las estructuras y a las personas de poder, venden “armas y maletas” a la pacificación social impuesta.

Por otro lado, hay compañerxs anarquistas que se caracterizan como misionerxs de la revolución del mañana. Estxs compañerxs, que tienen un concepto del anarquismo que no reniega de la necesidad de la insurrección generalizada, ni de la necesidad de la revuelta individual inmediata, son los que defienden la verdadera cultura libertaria, la anarquía auténtica, sin miedo a las consecuencias de sus ideas; por ello no sólo entienden la necesidad de insurrección de las muchedumbres populares, si no también la de cada individux, que en la sociedad actual se siente oprimidx, mutiladx, ofendidx en su propia dignidad de ser libre y que frente a esa situación se produzca la rebelión. Ciertamente no es posible reducir a única postura el inmenso universo anárquico, ya que está hecho de muchos puntos de vista, tantos como las personas que los componen. Por tanto nosotrxs intentamos trazar unas características con la clara intención de llegar a un animado y constructivo debate: la necesidad de salirse hoy de la actual apatía y falta de iniciativa.

Pensamos finalmente que cada persona a partir de ahora, de YA, no tiene porque renunciar a su propia autodeterminación por una falsa promesa de paz social inexistente o a causa de la ilusión “histórica” que solamente las fuerzas de las masas de explotados/as proletarios/as, de los/as oprimidos/as, de los/as excluidos/as puedan un día conseguir quizás el sueño de un mundo libre de la presencia de un Estado Capital, controlador de Nuestra Vida y Nuestro Futuro.

Pero, que queremos decir con autodeterminación individual, pues que si estás sin casa, okupes una; y si llega la policía y te desaloja, pues okupas otra; que si estás sin recursos económicos, procedas al reparto de la riqueza acumulada en las sedes capitalistas, consciente de que la riqueza es de todos/as y que nos ha sido usurpada, lo cual se traduce en asaltos a bancos y sedes donde se acumule la riqueza de más, producto de la explotación de las gentes.Pensamos que hay que apropiarse de la dignidad suficiente, que nos lleve a abandonar la actitud de autoconmiseración y atacar al capital sin miedo a perder la miseria que nos conceden.

La okupación, la expropiación, son respuestas y actitudes que no han sido inventadas por los/as anarquistas, son hechos tan difusos hoy en día que el sistema apenas los puede contener entre no pocas dificultades. Creemos firmemente en la fuerza del/a denominado/a “rebelde social” que lucha por mantener su dignidad frente a un poder que quiere obligarlo/a a la esclavitud y a la humillación de un trabajo asalariado. En este contexto nosotros/as los/as anarquistas tenemos el deber y la coherencia de estar a su lado, dándole una justificación y razón a sus actos, para llegar mañana unidos/as en la lucha decisoria hasta el final, para la emancipación social revolucionaria. Creemos firmemente que los/as rebeldes anárquicos/as tienen que hacer algo más que reivindicar la rebelión de los/as excluidos/as para lograr una forma de vida más placentera. El ataque contra el Estado Capital tiene un valor inmenso porque mantiene a la sociedad dentro de las condiciones de conflictos permanentes que cuestionan los proyectos de paz social de las doctrinas democráticas y de quienes han frenado siempre el movimiento convencidos/as de que el Estado y el Capital son invencibles. Por eso hay que comprender y utilizar los métodos que no acatan la ley de los/as ricos/as y poderosos/as ni sus códigos, el miserable discurso circunscrito en el marco democrático… De aquí que tenemos un amplio abanico de métodos, desde los panfletos hasta los huevos a la cara de los/as políticos/as, a la okupación de los espacios inutilizados, a los sabotajes, a la insumisión militar o social, al expropio de la riqueza acumulada en bancos o supermercados, al rechazo de los impuestos que financian cosas que no queremos, a las luchas de los/as presos/as. Para los/as anarquistas rebeldes, para con el poder y sus instituciones no hay diálogo, no puede haberlo, sólo hay conflictividad y enfrentamiento. Existe un horizonte común para todos/as, que es la tensión ideal, la ética de un comportamiento que llena la existencia de cada individux que se identifica con ese anarquismo de reducir a la “Razón de Estado”, un concepto de revuelta en orden espaciado, lejos de un visión política y oportunista. Un concepto de crecimiento de calidad con otros/as individuos/as, con un principio de autodeterminación de seres que se encuentran en si mismos/as las razones de su existencia y de ataques al Estado y al Capital.

Somos conscientes de vivir en un estado de guerra, de guerra social, en el que no queda sitio ni tiempo para mediar, porque el poder, desde que nacimos no perdió ni un segundo en declararse nuestro enemigo natural. Estamos firmemente convencidos/as de que son compañeros/as nuestros/as los/as que cada día mueren a causa de las drogas o enfermedades paralelas, víctimas de un sucio negocio que alimenta a los grupos criminales (mafias, cárteles) establecidos en todo el planeta y con relaciones inequívocas con gobiernos y sistemas bancarios. Son nuestros/as compañeros/as los/as que cada día mueren en prisiones reservadas a los/as pobres, víctimas de las condiciones sociales y de las palizas y torturas de los/as verdugos/as a sueldo del poder. Son nuestros/as compañeros/as los/as muertos/as en los accidentes laborales, víctimas en los campos de trabajo laborales del trabajo asalariado.

Estamos con el corazón y con el materialismo de la existencia de las miles de personas que sufren y luchan para mantener alta la bandera de la dignidad de los individuxs libres, convencidos/as de que con nuestros/as enemigos/as la libertad no se negocia: SE TOMA.
¿QUIÉN NO ES LIBRE HOY,PODRÁ SERLO UN MAÑANA?.

Colectivo de presos libertarios de Jaén 2